En lo más profundo de nosotros mismos alumbra el fuego antiguo de la raza de los dioses. Cuando, por las diversas circunstancias de la vida, este fuego antiguo consigue brillar en nuestras vidas, el mundo pareciera detenerse y la percepción del tiempo se distorsiona. Recuperar este fuego nos permite vivir y sentir como un dios: ser un dios. Este es el sentido del fuego olímpico de la antigua Grecia. Igual que aquellos héroes antiguos, alcemos y enarbolemos la antorcha, el fuego de los dioses, para poder llegar a ser, en verdad, hombres libres.









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